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Un salvavidas teórico para una comunicación frágil

Por Daniel Pabón
A reivindicar la comunicación como valor llama Dominique Wolton en su libro “Salvemos la comunicación. Aldea global y cultura. Una defensa de los ideales democráticos y la cohabitación mundial”, publicado por Gedisa en 2006. Con una notable densidad de contenido, el camerunés de nacimiento radicado en Francia se sumerge en las claves de amparo que configuran un salvavidas ideal para una comunicación tan omnipresente como endeble.
La obra no es más que la continuación de las reflexiones que durante décadas viene exponiendo Wolton, actualmente director de investigaciones del Centro Nacional de Investigaciones Científicas de Francia (CNRS), acerca del lugar que ocupa y que debería ocupar la comunicación en la sociedad. El autor parte explicando por qué en las últimas tres décadas la realidad técnica y económica de la comunicación se ha venido divorciando de su dimensión sociopolítica y cultural, coyuntura esta que propicia su fragilidad.
Además de blindar sus largas y no pocas veces complejas disertaciones con un prefacio, una introducción y una conclusión, la obra, que alcanza las 202 páginas, despliega un corpus compuesto por un quinteto de sendos ensayos. Los párrafos largos de la lectura, intercalan punzantes oraciones dispuestas en cursiva que en cierto modo sintetizan la idea de turno. Para garantizar más comprensión, las últimas páginas de “Salvemos la comunicación” alojan un glosario contentivo de una docena de términos de encuentro frecuente en los cinco capítulos.
El primero de ellos, sirve para que Dominique Wolton exponga cómo la comunicación ha alcanzado escenarios de victoria y omnipresencia tras 70 años de investigaciones y estudios. De estos, destaca los de la recepción como la punta del iceberg, que deslastran la idea del receptor pasivo y fácilmente manipulable, invitando con pasión a repensar esta noción.
Lleno de lanzas a los enemigos de la comunicación (como la telerrealidad, las élites e incluso la universidad) está el segundo capítulo. De todos los medios, Wolton se enfoca, y a veces se estanca, en la televisión, descuidando en ocasiones lo que para el mundo está significando la avanzada de nuevas Tecnologías de la Información y la Comunicación (TIC) y la Internet. Al referirse al nuevo medio, ya en el capítulo tercero, el investigador dice creer en una coexistencia pacífica de este con los tradicionales.
Es tal vez este ensayo el de más alta dosis de debate y exposición de cuestiones medulares. Aquí, a la mitad del libro, Wolton empieza a ver la comunicación desde el orden de los valores, suelta al tema en el terreno de la multiculturalidad y critica la mundialización y la aldea global. También propone, en estéril tono soñador e idealista, la firma de una convención con carácter supranacional sobre la información y la imagen; esto -dice- para proteger la libertad de expresión y a los periodistas.
En el cuarto capítulo están expuestas el par de claves constitutivas de ese salvavidas, del que el lector termina convencido que adolece con fuerza la comunicación: pensar la incomunicación y organizar la convivencia son las llaves que abren el candado. Tras esto, invita con toda lucidez a revalorizar el concepto de la comunicación, vendida hoy en abundancia como valor comercial, pero con insuficiencia como el valor humanista y democrático que es.
Ya la última de las estaciones sirve para develar que las reflexiones teóricas del autor son producto de situaciones concretas que él mismo ve en Europa, y en especial en Francia. Resulta interesante ver, a esta altura, cómo los ejemplos que Wolton esboza de la realidad del viejo continente, también se calcan y tienen asidero en la realidad americana, aún y cuando él no lo compare. Este capítulo final se convierte, a ratos, en una oda propagandista inclinada a favor de la francofonía y la multiculturalidad francesa.
Es esta, pues, una obra que muy a pesar de su pesado verbo, deja sustanciosas aportaciones para comunicólogos, comunicadores sociales, periodistas e investigadores del mundo de la comunicación, a quienes fundamentalmente va recomendada su lectura. Dominique Wolton trabaja mismas ideas en sentido multidisciplinar, hilvanando al tiempo fibras de lógica política, sociológica, cultural y antropológica.
“Salvemos la comunicación” de Dominique Wolton, es un escrito que, llegando a los tuétanos de la comunicación y a la necesidad de activación conjunta de sus cinco sentidos -técnico, económico, social, político y cultural-, le oferta un salvavidas teórico para llevarla al puerto seguro de los valores.

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